Te agradezco, Verónica, el que te dirijas a mí para contarme eso que piensas y sientes.
No pido que compartas mis puntos de vista. En cambio, me agrada saber que las cosas que escribo son capaces de motivar en ti sentimientos, y más aún el que sean tan fuertes como para impulsarte a actuar.
A fin de cuentas, lo que estas palabras persiguen son eso: reacciones, respuestas que signifiquen contacto, puntos de unión en los que nos entretejemos y por los cuales dejamos de estar solos.
Su objetivo es el comunicarnos.
Son, pues, instrumentos, que pueden ser bellos, y también horribles. Y en tanto que instrumentos, y creaciones nuestras, son susceptibles de verse afectadas por nuestra voluntad acerca de su existencia.
La clave en este asunto creo es la vigencia. Y aquellas creaciones que en su momento dejaron de tenerla -vale decir: dejaron de comunicar lo que expresaban, o simplemente dejaron de comunicar porque dejaron de producir contacto, porque su significado no fue ya más relevante que para quien en su tiempo las leyó- se convirtieron en palabras muertas y se perdieron, incluso antes que sus registros, en los laberintos del ayer.
Desde luego, no renuncio a mis raíces, a lo que me acontece y aconteció, ni a mis maneras de responder frente a ello, buenas, malas y peores, a mis experiencias, las mismas que me alimentan aún hoy. No renuncio a lo que fui, porque sería negar quien soy.
No renuncio a lo que fui, pero tampoco me someto a su dictadura, a negar la posibilidad de que puedo ser mejor; y en ese entendimiento, llevo conmigo todo aquello que me es de ayuda, y dejo atrás todo lo demás.
No renuncio a lo que fui, pero no me detengo en ello. Me ocupo cada día en ser –si acaso cabe- de mí mismo una versión mejor.
Pero descuida: muchas de las cosas que he plasmado en este recorrido las puedes apreciar en este espacio mío que comparto pues, aún en su brevedad y antigüedad, las considero lo suficientemente importantes como para llegar a tus ojos.
Víctor Miguel.